En la revista de El País Semanal de ayer, domingo 6 de febrero, leo un artículo muy curioso títulado Nos vemos en el 'messenger' por Juan Cueto, que escribe entre otras cosas lo siguiente:
[...]todas las tribus adolescentes y pandillas juveniles del globo, aproximadamente a la misma hora de la dispersión escolar; todas, pronuncian la misma frase: "Nos vemos en el messenger".
[...]La música sigue siendo el alimento vital en la célebre guarida inexpugnable del adolescente, claro, pero ahora se consume con potentes cascos o se piratea en Internet con los minúsculos auriculares del MP3, mientras teclean silenciosamente en el messenger o escriben frenéticamente rebeldes diarios de bitácora.
[...]La segunda cosa que ha cambiado [...] se citan masivamente a la salida de clase para escribir frenéticamente durante horas en las mensajerías instantáneas de la Red. Lo harán con faltas de ortografía, con vocabulario inventado y con una sintaxis y sindéresis que recuerda mucho a los experimentos vanguardistas de Joyce y Buurrouhgs...
[...]Y a mí, personalmente, la realidad seis veces millonaria de unas generaciones sincronizadas globalmente y que encima dedican las tardes-noches a aquel placer solitario de la escritura del que hablaba Barthes, escritura con cascos o sin cascos, me pone de muy buen humor nacional.
Única nota a añadir a un excelente artículo, el tildar -como siempre- de piratas en, no sólo éste, sino cualquier texto que tenga relación directa al mundo de Internet o los MP3, por culpa de una sociedad donde la discográfica había elaborado su filón de oro, y actualmente se ha visto hurtada por un mundo donde nunca había existido tanto conocimiento y cultura músical.
Después de terminar un trabajito para Implantación, estuve ojeando unas revistas de El Pais de hace varias semanas, encuentro una, del 29 de agosto de este año, donde leo una sección de Manuel Rivas que me hizo bastante gracia, dice así:
[...]
El nuevo pasaporte. Con la resignación propia de quien siempre ha padecido la burocracia como jaula de hierro, me acerco a una comisaría a renovar el pasaporte. Primera sorpresa: lo entregan casi
al momento, en minutos, con una desconcertante eficacia y un trato sonriente al ciudadano. ¿Ya está? El no oír el tradicional "¡Vuelva usted mañana!" nos produce un desasosiego, una pervertida nostalgia de la
desidia. Noto que todos los solicitantes compartimos la extrañeza ante la rapidez en que se tramita la solicitud. Me dan ganas de presentar una queja ante el comportamiento de las funcionarias: ¿Por qué son
amables? ¿A qué viene esta diligencia? ¿Es válido este documento entregado con una sonrisa? ¿A dónde vamos a parar? En definitiva, ¿por qué nos tratan bien? Segunda sorpresa: las hojas interiores están
ilustradas, a buen trazo, con apuntes de fauna animal. Bonito pasaporte, si señor. ¡Parece el cuaderno de viaje de un naturalista!
[...]
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